DIARIO
2006


Enero

Domingo, 1.- Alguien ha escrito, sobre la escarcha-nieve de una de las ventanas de un coche rojo: "Happy New Year, 2006" Un globo azul, medio desinflado, se recuesta sobre un árbol; el gato blanco de la tienda de vinos es un ovillo de nieve sosegada que me mira a través del cristal como un pequeño Buda de cal; la soledad gris de la mañana camina entre los últimos confetis y la última copa de champaña; una viejecita se encorva a recoger los excrementos del perro; el único ruido que oigo, mientras camino por la Séptima Avenida, es el que hacen las ruedas de una maleta agresivamente naranja que una joven arrastra con dificultad; veo un candado forzado que reposa roto en el alféizar de una ventana, así sin autoridad para cerrar, parece una interrogación de plata que pregunta a la mañana por lo que le han robado; sin labios que la animen, tirada en un montón de basura, una trompeta de cartón falsamente dorada se ha quedado muda; un árbol de Navidad, en la puerta de Scottadito, el restaurante italiano, espera desnudo a que se lo lleven a sabe Dios qué cementerio de ceniza; un silencio como forzado, impuesto, dobla las esquinas y acaricia la quietud húmeda de la mañana, una mañana tan lenta que parece traída por bueyes borrachos de oscuridad y heno. Veo por primera vez en mucho tiempo que la cafetería Ozzie´s, está cerrada, lo mismo que Cousin John y el Starbuck del barrio. Prospect Perk está abierto y entro como el náufrago que ve una tabla de salvación. Al abrir la puerta huele a café recién hecho y a pan cocido. Durante media hora, en que leo The Daily News y The New York Post, soy el único cliente. La dueña, una mujer bajita y menuda, se comenta en voz alta a ella misma las noticias que da la radio a las siete y cuarto. Parece que va a nevar mañana. Después de las noticias la emisora emite música de jazz. Los dos periódicos dicen lo mismo y lo de siempre: medio millón de personas anoche en Times Square, la plaza del mundo, algunos arrestos y mucha alegría; hoy el alcalde será breve en su discurso de inauguración de su segundo término. Hacen recuento de los muertos ilustres de 2005, de los personajes menos ilustres, de la guerra, de las mejores recetas de cocina, la moda y, además, traen una montaña de catálogos, anuncios, circulares, cupones... A las siete de esta primera mañana de 2006 nublada, amenazada de lluvia, mi barrio parecía una ciudad muerta y silenciosa, como si en la noche pasada hubieran ocurrido muchas cosas... como pasaron.

Febrero.

Sábado, 25.- Saben ¿o tal vez no? que todo lo que escriben es material perecedero y un día se mueren. Por raros, por perecederos, porque se pasaron toda la vida fijando lo fugitivo, alguien los descubre un día en la oscuridad y el polvo de unos anaqueles en una silenciosa biblioteca de provincia. La sombra que les acompañó en vida se convierte en luz clara.

Marzo

Martes, 7. - Dicen que es porque hace mucho frío, que es porque debido al precio del gas disminuyen la calefacción, que es porque este apartamento en el que viven ahora es más grande que el otro en que vivían antes, pero uno de ellos sabe con certeza que la verdad de este frío en el cuerpo de la casa y en las esquinas de sus cuerpos es porque los dos se están haciendo viejos.

2007

Enero

Miércoles, 3.- Jane Kenyon, cuando todavía no había sido tocada por el cáncer que la destrozó en pleno esplendor de su vida, escribió un poema breve titulado "La camisa", que leyó en un recital, entre encubridora y cómplice.

La camisa roza su cuello
y se alisa sobre su espalda,
se desliza por sus costados,
e incluso baja más allá de su cinturón,
dentro de sus pantalones.
Afortunada camisa.

(The shirt touches his neck / and smooths over his back. / It slides down his sides. / It even goes down below his belt- / down into his pants. / Lucky shirt.)

Baltasar del Alcázar, en el lado opuesto, vino a decir lo mismo muchos años antes, con más brevedad y más directamente.

Si osase decir mi boca
lo que siente el alma mía,
señora, tocar querría
donde la camisa os toca.

Abril

Miércoles, 4.- La vida es a veces como ver de espaldas a la estatua de la Libertad.

Diciembre

Sábado, 15.- Pensábamos que nunca íbamos a envejecer porque nos lo habían puesto difícil. Éramos la generación baby boomer, la generación de los tvdinners, de la marcha de Martin Luther King en Washington, la renuncia de Nixon, la caída del muro de Berlín, la llegada de Viagra y ahora el primer baby boomer elegible para cobrar el Social Security. Aquellos jóvenes que nacimos en los cuarenta ya somos viejos. De baby boomer a viejos canosos, cansados y reacios a reconocer nuestras limitaciones. Una parte de la historia se acaba.

(Fragmentos de Dirección Brooklyn, Vol. IV de los Diarios)

CUENTOS

EL ENFERMERO DE AZORÍN

Con el albornoz puesto parecía protegido, pero al quitárselo el pijama a rayas le hacía más delgado, más alto y más frágil. Durante el tiempo que duraba la visita, el enfermero hacía todo lo posible por no mirarle a los ojos. Sabía lo humillante que era para su cliente que le hicieran eso. Cuando entraba al cuarto de baño que olía a cloroformo y a lejía, el enfermero le esperaba con las mangas de la camisa remangadas, las manos con guantes de goma y un enorme delantal de hule negro. La bolsa del agua templada colgaba de un trípode que parecía un perchero y que habían traído del hospital. El cliente se arrodillaba y se bajaba, mecánicamente, el pantalón del pijama. El enfermero le pasaba primero el dedo pulgar engrasado por el esfínter para luego encajarle el índice y el corazón. El cliente permanecía con los ojos cerrados, pensando siempre en el mismo paisaje de Monóvar, donde nació. Se le marcaban aun más las venas en su rostro y manos de alabastro, el estómago ligeramente abultado, el latido del corazón entrecortado. Ya preparado, el enfermero le introducía la cánula y abría poco a poco la válvula del agua templada mezclada con vinagre. El cliente, a veces, respiraba deprisa, a veces tamborileaba con los dedos en el aire. Cuando la bolsa se vaciaba, el enfermero le frotaba el estómago y el cliente sentía como cuchillos por todo el cuerpo, cristales que se rompían, pequeños clavos oxidados. El enfermero le ayudaba a incorporarse, le subía el pijama. Él se quejaba mientras daba los cuatro pasos que le separaban de la taza del váter. Se bajaba, de nuevo, el pantalón del pijama a la altura de las rodillas, se sentaba en la taza y el enfermero cogiéndole la mano derecha le decía cariñosamente pero con firmeza:

-Señor Martínez, empuje, ánimo, empuje.

Con lágrimas en los ojos empujaba apretando los dientes, los apretaba tan fuerte que le parecía que le fueran a saltar las sienes. Cuando el enfermero oía el primer ruido y olía la primera descarga, que más tarde llenaría el cuarto de baño con un olor a atarjea y a gallinero, era entonces cuando miraba la cara del Sr. Martínez y veía sus dos ojillos azules brillando y sonriendo. En ese momento, mientras se subía el pantalón del pijama y se miraba en el espejo, el Sr. Martínez repetía:

-- ¿Qué hubiera sido de mí, amigo Honorio, si no me hubiese adherido a la Causa y al volver me hubieran encarcelado? ¿Quién me habría ayudado a deshacerme semanalmente de esta bestia?

El enfermero nunca supo qué responder.

CALCETINES DE LANA.

Dejaba una vida y una muerte, un claustro en silencio y una celda con olor a libro viejo y a madera cansada. Salió de madrugada, huyendo, cuando la ciudad dormía. En Zocodover miró el Cristo del Arco de la Sangre. No sintió nada al ver que el tren se alejaba. Quiso mirar hacia atrás pero no pudo. Se notó raro vestido de paisano. Echó de menos, en la fría madrugada de octubre, el cálido roce del hábito de estameña marrón. Sintió los pies calientes envueltos en unos calcetines negros de lana que ella le regaló cuando empezó a confesarse con él, un año antes de dejarla embarazada.

"Dónde irá con este invierno tan crudo y en sandalias. Va para santo. Y lo guapo que es", decían las beatas cuando el franciscano caminaba por la ciudad a decir la misa de ocho en el convento de las Clarisas.

El viaje fue interminable. Cuando llegó la vetusta ciudad dormía. En la calle Honorio Uría el viajero leyó, desde la acera, el letrero de fondo azul: "Pensión La regenta". Subió los tres pisos y por primera vez comenzó a pesarle la maleta y a quemarle la cabeza. Abrió la puerta un hombre con ademanes de canónigo, calvo, gordo, la mirada perdida.

- ¿Tiene habitación libre?

- ¿Cuánto tiempo?

- Toda una vida.

- Espere que se lo pregunte a Ana, mi mujer.

Desde la pequeña ventana de su nueva celda la torre gótica de la catedral se manchaba de sombras y las campanas tocaban a muerto.




poemas index dibujos