Días de Brooklyn

2004

OCTUBRE

Viernes, 1.- Airín, que es como se pronuncia su nombre (tardé mucho tiempo en darme cuenta que en realidad su nombre era Irene) se ha muerto a los 91 años. Ha estado hasta los últimos días viviendo en su casa, asistiendo a la misma parroquia durante cincuenta años, saludando al dueño del pequeño supermercado de la esquina, luego al hijo y ahora al nieto, hablando con Susan, la vecina de al lado, mirando, horas y horas, por la estrecha ventana que le dejaba ver un rectángulo mínimo de la calle 93 en Manhattan, repasando las ventanas de la fachada de enfrente, rezando el rosario a diario y a los santos que tenía encima del aparador, comiendo frugalmente, sola, siempre sola, repasando los álbumes de fotos de su familia, llamando o recibiendo llamadas telefónicas de su única parienta, su sobrina Dolores, yendo a la ópera a veces, conversando con sus amigas de la parroquia, jugando pequeñas cantidades al Bingo parroquial, viviendo en un apartamento que era como un convento, viendo pasar la vida, sola, siempre sola. Y se ha muerto casi sola. Sus amigas enfadadas porque no le han hecho velorio, ni funerales de cuerpo presente, ni llantos, ni dies irae, dies irae... cremada y bien cremada, “que la iglesia católica ahora lo permite”. que dice una parroquiana. Susan, la vecina, teniendo que deshacer el piso porque la sobrina que es mayor vive en otro estado y le cuesta llegar hasta la celda apartamento. Susan llamando a gente, a amigas de Irene, rogando que se lleven lo que hasta hace unos días había formado parte de su vida. Y así han ido llegando gente que no la conocían y se han ido llevando los cuatro muebles que tenía, las mesas un poco destartaladas, los floreros vacíos, las lámparas secas de luz, los ositos polvorientos, el espejo de marco de plástico, la mesa de su madre... en medio de tanto desorden quedan un poco abandonadas las cosas que nadie se quiso llevar: tres crucifijos, algunas imágenes de santos, rosarios, misales, recordatorios de otros muertos, un cuadro con la bendición apostólica de Su Santidad Pío XII y unas flores resecas envueltas en terciopelo rojo.
        Ahora sobre la cama de un niño duermen un nuevo sueño los tres ositos, en una casa pequeña una de las lámparas ilumina una familia, en el espejo de marco falso se miran dos rostros, los floreros vacíos están ahora llenos de unas flores amarillas. Irene no está muerta. Sin quererlo, en gente que no la conocían sigue viviendo. Cada vez que el niño mira a los ositos Irene sonríe, cada vez que se enciende la lámpara Irene vuelve, cada vez que nos miramos en el espejo vemos el rostro cansado, pero feliz, de Airín que nos mira sonriendo.

Jueves, 28. - Ayer cumplió cien años de edad el metro de Nueva York. Durante los 27 años que he vivido en esta ciudad el metro ha formado parte de mi vida diariamente. El metro ha sido cuna y sepultura, alcoba y cocina, sala de estar y patio de vecindad, iglesia y escuela, cadalso y paraíso. En el metro he sentido el temblor de la muerte, la soledad de la nieve, el abrazo del frío, el filo del miedo en la garganta, el ruido de la vida, el traqueteo del corazón. En el metro he rozado cuerpos, he sujetado miradas, he sentido olores, me he mantenido vigilante, he llevado mi mano pegada al bolsillo. Se me ha hecho tarde, me he perdido, he tenido sed, me he vuelto a perder, he subido escaleras que no llevaban a ningún sitio, he visto cuerpos desnudos llenos de suciedad y pestilentes. He coleccionado tokens y posters, he aprendido de memoria estaciones, he conocido a la mayoría de los viajeros del vagón que cogía a diario cuando iba a trabajar con el alba, he visto llorar a un hombre, arrodillarse a un viejo, desnudarse a una drogada, he escuchado canciones desafinadas, canciones de posibles talentos, me he dormido y me he pasado de estación. He sido evacuado y siempre, de vuelta a casa, siempre, en los 27 años he tenido prisa por volver a tu lado. Mucha prisa. El metro es una inmensa serpiente, un monstruo que camina, a menudo, lentamente por las entrañas de la tierra.


2005

JULIO

Domingo 31. - La atan al sillón para que no se levante, en la cama han puesto barrotes para que no se caiga, está presa dentro de su propia libertad, balbucea, llora, se le cae la baba, crispa las manos, su cara es una continua mueca de dolor e indiferencia, como si alguna fuerza interna la estuviera empujando fuera de su cuerpo.
        Mira fijamente con ojos nublados, mirada de dolorosa, si la acaricias aprieta la mano como si quisiera retenerte para siempre, a veces intenta decir algo como si estuviera empezando a hablar, balbucea un sonido como si firmara su soledad en el aire, si la ofrecen al nieto o al biznieto parece que sonríe, si el hijo que ha venido a verla de lejos la abraza ella se aferra a él como si quisiera irse con él o llevársele a sabe Dios qué profundidades. Cuando éste le pide que le dé un beso ella arrima sus labios a sus mejillas y le da un beso corto, húmedo, envuelto en saliva casi silencioso, un beso que quema, que escuece, un beso como una rosa disecada, una mariposa sin alas, un suspiro de hielo, un botón de fuego.
        Una de las hijas duerme con ella y para protegerla de la noche la abraza. Alguna vez la hija centinela se duerme llena de cansancio y la madre se arrastra lentamente como queriendo huir y aparece acurrucada a los pies de la cama, en la esquina de la alcoba o cerca de la puerta de salida, no importa que la cama esté rodeada de barandillas protectoras. La encuentran temblando, apoyada en la pared, una imagen torturada. ¿Dónde quiere ir? ¿De quién huye? ¿Qué animal salvaje la da fuerza para que un cuerpo que se tambalea pueda levantarse? ¿Quién la está llamando? ¿Qué voces la asustan, qué ecos la aturden, qué sonidos la reclaman?
        Atada al sillón, reclinada la cabeza, mitad cristo románico, mitad virgen gótica, las manos crispadas, las lágrimas caminando por su rostro de cuero, las babas relucientes como gusanos de seda, barras de hielo derritiéndose por su rostro y cayendo en el vestido, mirando sin ver, hablando sin voz, inseguros los que la rodean que la oigan, sus hijos sentados a su alrededor la miran en silencio como se mira a una madre, como se mira a una rosa seca, como se mira a la muerte.
        En Mieres, una tarde de domingo lloviendo, asomada a una ventana una mujer mira el paisaje. La llegada de un autobús que viene de lejos la distrae. Mira al autobús y recorre con su mirada las ventanillas. El autobús se va y ella mira a un viajero que a la vez la mira. Ella se queda viendo caer la tarde y el viajero se aleja a ver la llegada de la noche.

OCTUBRE

Viernes, 28. - Hasta la semana pasada había sido su refugio, en él se había resguardado en tiempos de lluvia y nieve abrigada con jerséis irlandeses, asomada a la ventana mirando el paisaje que se sabía de memoria, o eso creía. Arrimada al radiador en días fríos de invierno miraba la nieve y daba gracias a Dios de estar bajo techo y ser feliz, contemplaba el perfil de la ciudad lejana y misteriosa, un perfil que había visto en madrugadas de verano, en tardes de primavera, en noches de otoño: el edificio más alto de todos, iluminado por las noches de colores diferentes, el puente, las torres... Hasta el otro día que nos dejó había pasado la mitad de su vida rodeada de libros, cuadros, muebles de sus antepasados, sábanas europeas, manteles de hilo, porcelana de Irlanda y cuadros de plata. Había visto reflejado su rostro en el espejo de la soledad, desde que su marido se murió, hacía treinta y seis años; diariamente notaba cómo una arruga nueva condecoraba sus ojos, su frente o sus mejillas.
        En lo que ahora hay silencio, ella había escuchado música, leído libros, escrito cartas, rezado, pensado, llorado y sonreído. Ahora el polvo ha levantado su vuelo y planea por el piso vacío, la luz se ha apoderado de zonas que siempre estuvieron oscuras, se va perdiendo el olor a su perfume y a su maquillaje. La casa hasta el otro día vestida y viva, con ruidos y respirando, sintiendo la sangre corriendo por sus arterias es ahora un desierto frío y lleno de soledad. Ayer vinieron los empleados de una empresa de mudanzas y desnudaron el piso en una hermosa mañana de otoño.
        Un refugio, un terreno de amor, una fortaleza contra el frío, una iglesia, una biblioteca, un restaurante, un coto donde ella vivía esperando la visita que no tuvo que anunciarse en la portería.
        En el piso ahora el silencio resuena como si estuviera llorando.